Cuentos, intervención social y familias
Cómo elegir un cuento para acompañar a una familia: escuchar antes de contar
Por Marian López ·
Trabajadora social, terapeuta y docente de Cuentoterapia.
Elegir un cuento para acompañar a una familia empieza por escuchar qué está viviendo, qué necesita y si es el momento de ofrecer una historia. Comparto cómo preparo esa elección desde la intervención social y el acompañamiento familiar.
A veces una familia llega al despacho con tantas cosas encima que cuesta saber por dónde empezar. Hay cansancio, reproches, una separación reciente o un niño que mira a los adultos antes de atreverse a hablar. En esos momentos puedo pensar en varios cuentos. Pero la primera pregunta que me hago es si hoy hay espacio para uno.
Si la familia no sabe dónde va a dormir esa noche, necesita una respuesta concreta. Si hay violencia o un niño no está seguro, la protección orienta lo que hacemos. El cuento puede encontrar su lugar dentro del acompañamiento, siempre que atendamos primero aquello que no puede esperar.
Por qué un cuento puede ayudar
Cuando una dificultad se nombra directamente, las personas pueden sentirse juzgadas, incluso aunque esa no sea nuestra intención. La metáfora permite acercarse a lo que ocurre desde cierta distancia. Podemos hablar de un personaje que tiene miedo, de otro que no escucha o de alguien que encuentra ayuda. Nadie está obligado a decir «ese soy yo» para participar en la conversación.
En una entrevista familiar, el cuento se convierte así en un tercer elemento. Durante un rato, adultos y niños miran juntos una historia. Cada cual puede detenerse en una escena diferente y encontrar en ella un sentido propio. Esa es la fuerza del símbolo: una imagen puede hablar de varias experiencias a la vez y seguir acompañando a la persona después de que termine la sesión.
Esta forma de trabajar exige cuidado. El análisis que hago antes de contar me ayuda a preparar la intervención; no me permite decidir lo que la historia significa para la familia. Una escena puede sugerirme abandono y, sin embargo, alguien puede quedarse con la valentía de un personaje o con la ayuda que recibió por el camino. Necesito escuchar esa lectura antes de acercarla a la mía.
Tres planos para leer la historia y la situación familiar
Al preparar un cuento miro, al menos, tres planos. En lo que vive cada persona, me pregunto qué temores, deseos o recursos personales aparecen en la historia. En lo que sucede en las relaciones, observo quién cuida, quién decide, quién pide ayuda y cómo responden los demás. Y en el plano estructural y sociopolítico, atiendo a las condiciones que rodean a los personajes y a las posibilidades reales que tienen para actuar.
Ese tercer plano es imprescindible en la intervención social. Una madre que apenas llega a fin de mes puede estar agotada y gritar más de lo que quisiera. Podemos trabajar con ella cómo reparar después de un grito, pero también necesitamos reconocer la falta de recursos y de apoyos que pesa sobre su vida. Si olvidamos ese contexto, corremos el riesgo de convertir una dificultad social en un supuesto fallo individual.
Los tres planos orientan mi mirada, aunque no tengan que aparecer todos en la conversación. A veces una familia necesita hablar de lo que siente un niño. Otras veces, de cómo se reparten los cuidados. Y otras, por fin, poder decir en voz alta que están intentando sostenerse en unas condiciones muy difíciles.
Qué cuento elegir, y en qué momento
En la Cuentoterapia distinguimos distintos tipos de relatos. Un álbum ilustrado puede ayudar a reconocer una emoción a través de sus imágenes. Un cuento breve puede ofrecer un giro que invite a pensar de otra manera. Los cuentos maravillosos de tradición oral, con sus personajes y símbolos, permiten lecturas diversas y suelen necesitar más tiempo para ser contados y acogidos. Ninguno sirve para todas las familias ni para todos los momentos.
Por eso empiezo escuchando. ¿Qué preocupa a esta familia? ¿Qué edad tienen los hijos? ¿Qué historias les resultan cercanas? ¿Cómo están hoy? Una narración larga puede abrumar a alguien que lleva toda la mañana en alerta. Un álbum breve quizá encuentre mejor su sitio. La edad orienta la elección, pero también cuentan la comprensión, los intereses, la cultura y la experiencia de cada niño o niña.
Después reviso el relato. Busco una imagen que pueda resonar con lo que la familia vive, un ritmo que pueda sostener y alguna posibilidad de diálogo. Me pregunto qué ofrece la historia sobre el cuidado, la ayuda, los límites o la reparación. También miro sus escenas difíciles. Un cuento sobre abandono puede abrir una conversación valiosa en una familia y resultar demasiado doloroso en otra, o en otro momento de su proceso.
De la historia a la relación
Madrechillona puede abrir una conversación sobre los gritos y la reparación. Tras leerlo, puedo preguntar qué escena les llamó la atención o en qué momento cambió algo entre la madre y el pequeño. Si la familia quiere acercar el cuento a su vida, podremos hablar de cómo afecta un grito y de qué hace falta después. La responsabilidad de reparar corresponde al adulto; la historia ayuda a explorarla sin empezar señalando a nadie.
Con una familia preocupada porque a su hijo le ocurra algo en cuanto se aleja, tal vez elija Entre algodones. Su imagen permite pensar en la protección y en el espacio que necesita un niño para probar por sí mismo. Antes necesito comprender de dónde viene el miedo de ese adulto. Puede haber razones muy concretas detrás de su manera de cuidar.
En ambos casos, el cuento ofrece una posibilidad. Quien termina orientando el encuentro es la familia. Antes de contar, propongo la historia abiertamente y acepto que prefieran dejarla para otro día. Durante la lectura observo cómo se recibe. Al terminar dejo un poco de silencio y, si quieren conversar, empiezo por los personajes: «¿Qué parte os ha llamado la atención?» o «¿Qué creéis que necesitaba en ese momento?». Nadie tiene que hablar de su casa para que ese rato compartido tenga valor.
He comprobado que un cuento puede ayudar a nombrar lo difícil, a mirar una relación desde otro lugar o a ensayar un gesto pequeño de cuidado. A veces deja una pregunta para la siguiente sesión. Otras, un adulto se lleva a casa el deseo de volver a leer con su hijo.
Elegirlo bien requiere conocer las historias, comprender el contexto y mantenerse disponible para escuchar algo que no habíamos previsto. Por eso, antes de abrir un libro, vuelvo a la misma pregunta: ¿qué necesita esta familia, aquí y ahora, y qué historia podría acompañarla a su ritmo?
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